Exit / Salida

 

Choquet Coat of Arms  - France.

 

 

Condes de Clonard / Lord and Lady Clonard b. 1945

 

 

 

La juventud no es una fase de la vida, mas un estado del espíritu. Es un efecto de la voluntad, una cualidad de la imaginación, una intensidad emotiva, la victoria del arrojo sobre la timidez, la pasión de la aventura por encima del confort.

 

No se es viejo por haber vivido largos años; se llega a ser viejo porque se desertó el Ideal. Los años surcan la piel, renunciar al ideal marca y marchita el alma. Las preocupaciones, las dudas, los temores y la desesperanza son los enemigos que, lentamente nos empujan hacia la tierra y nos hacen ser polvo antes de la muerte.

 

Joven es aquel que se sorprende y emociona. Aquel que como un niño insaciable se pregunta: ¿y después?. Aquel que reta el devenir de los tiempos y, encuentra el gozo en el juego de la vida.

 

Eres tan joven como tu Fe, tan viejo como tus dudas. Así serás tan joven como tu confianza en ti mismo, tan joven como la esperanza; tan viejo como tu postración.

 

Seréis jóvenes mientras permanezcáis receptivos. Perceptivos a todo aquello que glorifica la belleza, la bondad y la grandeza. Receptivos a los mensajes de la naturaleza, a la esencia del hombre y del Infinito.

 

Si un día, vuestros corazones fueren devorados por el pesimismo y roídos por el cinismo, pueda Dios en su Misericordia, tener Piedad de vuestras almas de viejos.

General Mac Arthur, 1943

 

Los Apuntes del Conde de Clonard

 

 

 

 

CLONARD IN IRELAND

Epílogo de los Heterodoxos Españoles.

 

“Dios nos concedió la victoria y premió el esfuerzo perseverante dándonos el destino más alto entre todos los destinos de la Historia humana: El de completar el planeta, el de borrar los antiguos linderos del mundo.

 

Un ramal de nuestra raza forzó el Cabo de las Tormentas, interrumpiendo el sueño secular de Adamastor, y reveló los misterios del sagrado Ganges, trayendo por despojos los aromas de Ceylán, y las perlas que adornaban la cuna del Sol y el tálamo de la Aurora.

Y el otro ramal fue a prender en tierra intacta aún de caricias humanas, donde los ríos eran como mares y los montes veneros de plata, y en cuyo hemisferio brillaban estrellas nunca imaginadas por Tolomeo ni por Hiparco.

 

Dichosa edad aquella de prestigios y maravillas, edad de juventud y de robusta vida. España era, o se creía, el pueblo de Dios, y cada español, cual otro Josué, sentía en sí fe y aliento bastante para derrocar los muros al son de las trompetas, o para atajar al sol en su carrera.

 

Nada parecía ni resultaba imposible; la fe de aquellos hombres, que parecían guarnecidos de triple lámina de bronce, era la fe que mueve de su lugar las montañas.

 

Por eso en los arcanos de Dios les estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades; el hundir en el golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia, y salvar, por ministerio del joven de Austria, la Europa Occidental del segundo y postrer amago del islamismo; el romper las huestes luteranas en las marismas bátavas con la espada en la boca y el agua a la cintura, y el entregar a la iglesia romana cien pueblos por cada uno que le arrebatara la herejía. España, evengelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad: no tenemos otra.

 

El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los Arévacos y de los Vetones, o de los reyes de Taifas." 

 

 

Marcelino Menéndez y Pelayo,